Por: Karla León
“Le doy gracias a las flores por invitarme al jardín donde se entierran los dolores”, expuso la cantautora veracruzana, durante su paso por el Teatro Metropólitan.

Natalia Lafourcade arribó a la Ciudad de México, pero no lo hizo sola; junto a ella, el alma viva de Cancionera se expuso como una celebración y testimonio de su propia grandeza. Antes de aparecer sobre el escenario, se anunció la llegada del teatro de la canción, una puesta en escena que suplicó someternos al arte de estar y sentirlo todo.
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Entre tonalidades terreas y un silencio reverencial, la artista veracruzana emergió y comenzó a interpretar las primeras notas de “Cancionera”, tema que encarna la música como un puente entre lo íntimo y lo universal.

“De todas las flores” y “Cariñito de Acapulco” revelaron el camino del performance: celebrar a la canción. Con la fuerza de su voz, y acompañada únicamente por su guitarra –para la que extendió todas las ovaciones-, su espíritu se volcó en apropiarse de “personajes” que resaltaron la esencia de la cancionera: tan humorística, como femenina; tan hilarante, como entregada al momento. “¡Qué viva la canción!”, celebró con el “mezcal de las canciones”.



Una de sus facetas se abrió con “Como quisiera quererte”, “Pajarito Colibrí” y “María la Curandera”. Ahí, ante la cálida luz de una lámpara, Natalia nos invitó a practicar y a reconocer las virtudes de la soledad. “Buenas noches cancioneros y cancioneras, ya llegué. ¡Salud! Tírenlo todo, déjenlo ahí. Esta no es mi noche, es de ustedes”, dijo, en medio de una atmósfera minimalista y, a su vez, cinematográfica.

“Soledad y el mar”, “Mexicana hermosa”, “El palomo y la negra” – cantada a coro con el público- y “Nunca es suficiente”, convirtieron el escenario en un refugio lleno de versos profundos y reflexivos. Pronto, Natalia nos dio nuevamente la bienvenida, esta vez, con una mirada hacia el pasado, pues interpretó temas como “Para qué sufrir”, “El lugar correcto”, “Amarte Duele”, “En el 2000”, “Un pato”, “Tú sí sabes quererme” y una fusión de “Mi tierra veracruzana” y “La Bamba”.




“Le doy gracias a la muerte por enseñarme a vivir; por tomar fuerte mi mano y aferrarme al presente. Hoy, renazco agradecida, después de morir mi guerra. Le doy gracias a las flores por invitarme al jardín donde se entierran los dolores. ¿No caerme? Eso sí que me aterra. Qué la libertad sea la guía”, declamó la cantautora con un agradecimiento profundo por la vida y por su camino en la música.

Luego de revelar la esencia y el significado de la flor protea, Natalia reverenció la noche con “Vine solita”, canción que interpretó con una solemnidad que conmovió hasta las lágrimas. La música desnudó el escenario y se plantó con la virtuosidad que la caracteriza para entonar “Lo que construimos”, “Un derecho de nacimiento”, con la que exaltó su estrecha relación con la protesta social, y “Hasta la raíz”, una carta de amor a su madre.




“Mascaritas de cristal” anunció el final de una noche que se transformó en una oda a sus raíces, a la plenitud de vivir y a su historia. Natalia Lafourcade reiteró que es la cancionera más grande de Latinoamérica.

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