Por: Karla León
En ‘Hay que morir primero’, la artista demostró que la transformación también es una forma de habitar el mundo. Ahora, transita hacia una etapa más libre, en la que los escenarios toman protagonismo y la música abraza la sensibilidad y el autoconocimiento como herramientas para cuestionar las expectativas y los roles que alguna vez la llevaron a protegerse y ocupar un segundo plano.

Jani Dueñas es una artista que encuentra en la transformación una forma de habitar el mundo. Con Sombra, su proyecto junto a Nicolás Alvarado, se permitió reconectar con su voz y, al mismo tiempo, dialogar con los claroscuros del arte de vivir.
De todas esas preguntas y respuestas surgió Hay que morir primero, un álbum con una esencia cinematográfica, que recorre el deseo, la pérdida, la fragilidad y la reconstrucción. Pero si algo hace único a este material es la catarsis que provoca cada una de sus sonoridades.

El resultado no es fortuito. Algunos de los temas surgieron sobre el escenario, ese espacio que ha visto a Jani en todas sus facetas como artista escénica y al que describe como su reino. «Es infinito, es mi lugar», subraya.
En entrevista con BLUM, Jani Dueñas habla sobre las raíces de Sombra, el proceso creativo que le dio vida a Hay que morir primero, los retos de ser una frontwoman, su evolución como artista y lo que significa la música en su vida.
En noviembre se cumple un año de Hay que morir primero, un álbum muy significativo. Para mí, el título evoca la intención de que primero debemos atravesar algo negativo para luego renacer. Me gustaría saber si este disco se sintió como un renacimiento y cuáles son las lecciones que te dejó.
Qué bueno que se perciba y qué linda manera de interpretarlo porque no es algo literal. Exactamente, significa atravesar algo para aprender y volver a querer, amar, bailar y disfrutar de la vida. Entender que no es lineal y que vamos a tener que, probablemente, morir muchas veces. Yo, por lo menos, siento que he muerto en varias ocasiones y también he matado partes de mí para poder renacer con otras nuevas.
Es emocionante y doloroso cuando ocurre, pero del otro lado siempre hay un descubrimiento y un aprendizaje. Para mí, este disco también es eso, porque lo lanzamos no hace tanto y todavía están muy frescas las emociones. Lo trabajamos durante dos años.
Tú sabes que los discos se demoran en hacerse; es un proceso largo que depende de muchas personas, pero cuando llega el momento de escucharlo y decidir, por ejemplo, en qué orden van las canciones, te preguntas cuál es la historia que estás contando. Tal vez, pienso mucho en la narrativa porque soy actriz. La primera vez que lo escuché completo y supe la secuencia apareció el título.
Fue como si el disco o esta música hubiera llegado para despejarme de este proceso que he vivido muchas veces. Efectivamente, ha tenido el poder, más que de sanarme, de hacerme entender, aceptar y abrazar con amor y entusiasmo el dolor. Es como decir: “Bueno, sí, vamos a morir de nuevo porque, si ya lo hiciste, puedes hacerlo de nuevo, pero después vamos a bailar y a enamorarnos otra vez”. Y está bien que la vida sea así. Para mí, este disco representa eso y no es oscuro ni pesimista.

¿Qué dejaste morir para adentrarte en este proceso creativo? ¿Qué descubriste sobre ti misma a lo largo de estos dos años?
Intencionalmente maté, o la vida me obligó a matar, ciertas partes de mí que eran escudos de protección o armaduras. Trajes que, en algún momento de la juventud, sobre todo siendo mujer y en plena búsqueda de la identidad, no fueron fáciles de portar. No es tan sencillo para las mujeres encontrarse y encontrar la forma en la que se quiere ser mujer. Ser mujer no significa lo que te han dicho que tiene que significar. Una no nace siendo mujer, una se convierte en mujer, ¿cierto? Lo dijo Simone de Beauvoir. ¿Cuál es tu manera de relacionarte con el deseo, con la feminidad? ¿Cuál es tu versión del erotismo, del deseo de sentir, de enamorarte?
Por otro lado, no todo tiene que ver con el amor romántico. Las canciones bastante sí, pero a través de eso también se muestran otras partes que tienen que ver con la inseguridad. Todas las armaduras que uno se pone cuando es adolescente, o más joven, tienen que ver con el miedo a que te vean. Ese miedo a que te vean está directamente relacionado con el deseo de que te quieran, que te vean y que te acepten como eres y, sin embargo, te tapas y te tapas más por el terror a que te vean y que no les gustes. En mi caso, que no te aplaudan al estar en el escenario o que no se rían si estás haciendo stand up.
Es muy difícil estar en esa exposición permanente y lo que aprendí haciendo esta música fue, primero, encontrar mi propia voz como artista, cantante y autora, ya no como Patana ni todos los demás personajes, ya no como comediante. Eso de encontrar mi propia voz también me ha permitido ser mucho más vulnerable para hablar sobre cosas que me daban miedo. El lenguaje de la música lo permite, porque no es tan literal. Es un acercamiento más sensible, no tienes que dar tantas explicaciones y la gente lo sentirá o se contará su propia historia. Me gusta esa cosa un poquito más críptica de la música, pero también esa conexión emocional tan directa.
Me acomoda este momento y me siento muy libre y vulnerable arriba del escenario, pero también mucho más tranquila, con menos necesidad de protegerme. ¿Protegerme de qué? Creo que tiene que ver con la madurez. Cuando eres más grande, llega un momento en el que piensas: «¿Qué importa?». Tengo 50 años y todo empieza a importar menos. Realmente, a nadie le importa tanto más que a ti y eso te libera mucho.

¿Cómo trabajas el mundo de la palabra?
Siempre he escrito, antes eran diarios de vida. Nunca he estado en un taller literario ni mucho menos, pero sí tengo una facilidad con el lenguaje y un amor por la palabra; desde lo vocal hasta lo rítmico. Me interesa mucho cómo suenan las cosas, las líneas melódicas de las frases.
Cuando era comediante pensaba mucho en eso, porque hay palabras que son más chistosas que otras, pero si de repente no usas la adecuada para lo que estás contando, entonces no es tan gracioso. Cambias una palabra y la cosa se transforma completamente.
En la música pasa algo parecido. Uno puede decir: “Me siento sola”. Pero qué lindo es poder escribir: “El desierto en mi habitación está completamente árido”. Te exige buscar diferentes maneras de expresar tus emociones. Yo escribo harto con imágenes. Si escuchan las letras, hay mucha geografía: una montaña, está el desierto nombrado varias veces, hay mucho de querer atravesar lugares.
Inmediatamente, pienso también en quién es esta mujer que está cantando y dónde está. Subió a una montaña a cantar, está atravesando un túnel en el barro, se está quemando en el desierto, está navegando, está en el mar, está mojada. ¿Dónde está? ¿Cuáles son esas fuerzas de la naturaleza que también la están moviendo? La geografía ayuda mucho, tal vez porque vivo en Chile. Es un país con una geografía muy interesante, variada y que sufre mucho los embates de la naturaleza. Los latinoamericanos tenemos una conexión con nuestra tierra, desde lo violento hasta lo hermoso. Así que, por ahí me relaciono con eso.
Trato de exigirme para no caer en lo obvio, en lo más explicativo. Aunque también encuentro que está súper bien hacer una canción muy simple que diga: “Te amo”, ¿cachai? Tú escuchas “Friday I’m in Love”, de The Cure, y entiendes que es súper difícil hacer algo minimalista. Es más fácil decorar, pero ahí está la búsqueda.

La música, por otro lado, tiene una esencia un tanto cinematográfica. Eres actriz, creadora, pero ¿qué elementos unes para desarrollar estos sonidos?
Tienes mucha razón en lo de la parte cinematográfica. Son canciones que, a veces, parecieran estar perfectas en la secuencia de una serie o de una película. Precisamente, nos presentan ambientes sonoros que te sumergen o te obligan a entrar en ellos. Por un lado, está la representación visual de la narrativa. Lamentablemente, no hemos podido hacer los videoclips de todas las canciones porque somos un proyecto muy autogestionado e independiente, pero yo pienso en imágenes cuando estoy cantando.
Tengo la suerte de que mi compañero Nicolás Alvarado, quien es músico experimental, artista sonoro, productor y compositor, ha traído, particularmente a este segundo disco, sonoridades que son mucho más ambientales, envolventes, sensibles y atmosféricas. El primer disco era mucho más pesado, con sintetizadores, y había muchas referencias de los ochentas, como un Depeche Mode más antiguo o Yazoo y Eurythmics en su primera etapa.
Y creo que, ahora, estamos mutando a una electrónica para la pista de baile, un poquito más lisérgica. Queremos que bailen con los ojos cerrados y que se introduzcan en una experiencia similar a meterse en un túnel sensorial. Vamos los dos, conectados, para brindar esa experiencia arriba del escenario.

Algunas de las canciones de este material surgieron en el en vivo. ¿Se han ajustado los arreglos? ¿Cómo ha sido el proceso de reimaginarlas ahora que se van a presentar ante el público mexicano?
Es un gran trabajo. A mí nunca me había tocado hacerlo porque en 31 minutos, además de tener una banda conformada por batería, guitarra y bajo, integramos las grabaciones de las canciones, pero son de hace mucho tiempo, así que ensayamos y algunas las tocamos por completo. Por ejemplo, “Mi muñeca me habló” ha cambiado un montón, porque no fui yo la que la grabó originalmente, sino Diana Massis, periodista chilena. Luego, fui la encargada de ponerla en el espectáculo en vivo y la interpretación siempre cambia, aunque nunca se pierde la métrica del foxtrot.
Lo que nos pasa acá, con Nico, es que tenemos un disco en el que la música electrónica es trabajada en el estudio. Es súper difícil salirse de la sonoridad que ya planteaste, porque el beat y todo lo demás está muy planificado, no tienes tanta libertad para improvisar y se tiene que ver en el ensayo.
En México, vamos a integrar canciones que nunca hemos tocado en vivo, particularmente del segundo disco. Por supuesto, en el estudio puedes decir: “Vamos a traer un piano de cola y unos violines”. Aunque, en realidad, se pueden construir a través de sintetizadores. ¿Y ahora qué? ¿Lo hacemos con violines en vivo? Ahí empieza el proceso de adaptación. Para mí, lo mejor es volver a la canción en su formato más minimalista. Es decir, ojalá todos los temas pudieran tocarse con una guitarra o un teclado, pero estamos en ese proceso para que no pierdan su identidad. Tampoco nos interesa que todo suene exactamente igual porque sería algo artificial o un karaoke. No tendría gracia ir a vernos en vivo.

¿Qué sitio te libera más, el escenario o el estudio?
El escenario. Es que soy una artista escénica por excelencia; ese es mi lugar. El estudio me intimida mucho, a pesar de que llevo años trabajando ahí, por ejemplo, como locutora o doblajista de 31 minutos. Qué sé yo, pero siempre es un lugar que me hace sentir un poco nerviosa porque hay un cierto cuidado. Todo suena. Si te equivocas, sí, siempre vas a repetirlo, pero da nervio.
No tengo la facilidad ni el conocimiento para entrar a operar las perillas o mover la mezcladora. No tengo idea y tampoco es mi lugar. Cuando trabajo con amigos en el estudio me siento bien y confío mucho en ellos y en su conocimiento técnico.
El escenario es mi lugar; el escenario es mi reino. Ahí es donde me siento más segura, contenta y siento que puedo hacer todo lo que quiera. Para mí, es un espacio infinito, tanto en 31 minutos como acá. Además, siento que estoy en un muy buen momento con mi herramienta; estoy cantando de la manera que me gusta. La gira que hicimos con 31 minutos, y que terminó en el Zócalo de la Ciudad de México, fue un entrenamiento buenísimo, porque cantar durante dos meses me dejó en un muy buen lugar como intérprete. Estoy aprovechando eso y disfrutando muchísimo el escenario.

De alguna manera, ese concierto sanó muchas cosas, sobre todo a quienes crecimos con 31 minutos. Ahora, el alter ego o personaje alterno de Patana es “La Sombra”, pero para Jani, ¿quién o qué es Sombra?
Está bien unido, ¿sabes? Pero, no fue por eso por lo que apareció. La palabra es linda y estábamos buscando un nombre para el proyecto. A punto de salir el primer disco, todavía no teníamos nombre. Nos enrollamos en que significara algo, pero después pensamos: “Sabes, no importa. Que sea una palabra que nos guste”. Ahí apareció “sombra”. Me gustó a nivel sonoro y visual. Se ve bien, es corta, potente; me la imaginé al tiro, como en gráfica. Al día siguiente, pensé en “La Sombra”. Dije: “Ya, está todo unido. No sé si es mi inconsciente o el universo, no tengo idea”.
De alguna manera, el ser humano inventa historias para explicarse las cosas, por lo menos yo soy así. Contar historias es lo mío, me las cuento a mí misma. Patana se convierte en una detective que descubre crímenes y hace justicia. Y, ¿por qué lo hace? Porque los hombres del programa no la ven, no la pescan lo suficiente o le hacen mansplaining. Ella dice una idea y nadie la escucha, pero después Bodoque dice lo mismo y todos lo celebran. Eso es algo que en el programa se crea con una intención, porque es una realidad y queremos que las niñas y niños que lo ven entiendan eso.
Para mí, empezar con el proyecto de Sombra, tener mi música, mis canciones, subirme al escenario como compositora, como frontwoman, como vocalista, como protagonista de mi arte, es una manera de reivindicarme ante una vida en la que, en ocasiones, se sintió que tenía que dar explicaciones, situarme en un segundo lugar o hacer lo que otros te imponían al interpretar.
No es malo, pero qué rico poderte validar y saber que ahora eres la protagonista de la capa negra. No me refiero a personas específicas ni nada en relación con 31 minutos. Creo que todas las mujeres necesitamos eso, así como necesitamos un cuarto propio, un espacio donde podamos ser nosotras mismas, sin pedir perdón por existir. Así que yo ocupo ese lugar en Sombra. Me hace muy bien.

Te confieso que se me pone la piel chinita al escucharte. Es maravilloso verte liderar este proyecto. Ahora que hablamos sobre el futuro, ¿planean un tercer material?
Nico y yo estamos pensando en un tercer material, por supuesto que sí. Los dos amamos hacer música. Hemos encontrado en esta dupla creativa un terreno que, sentimos, todavía tiene mucha vida por explorar. Nos llevamos muy bien haciendo música y Nicolás es muy sensible y un gran compañero. Me enseña, me guía como coach vocal y me ayuda con las letras.
Tenemos un feedback muy interesante y estamos seguros de que hay algo más. Es decir, notamos una evolución desde el primer disco hasta este. Ahora, nos gustaría hacer un material de larga duración y ver hacia dónde va, porque la creatividad es un proceso que tiene vida propia y sus tiempos. Imagina que queremos hacer un disco de R&B, nada que ver, pero también podríamos. No queremos encasillarnos o decir que buscamos o pertenecemos a una escena.
Ya estoy grande, Nico también, y no sentimos que estamos haciendo esto por la competitividad de los rankings o por el número de escuchas en las plataformas. Claro, queremos que nuestra música la escuche la más gente posible, pero también deseamos continuar esto porque nos hace felices y nos permite crear algo que nos gusta.
Ahora, es difícil la autogestión. Chile, además, está pasando por un gobierno de extrema derecha que está quitándole fondos a la cultura de una manera obscena. Acá, hacer un disco es caro y tocar es difícil. La gente está viviendo con mucho menos dinero y es todo mucho más caro. La situación no está tan buena y tenemos que empezar a postularnos a fondos, fondos extranjeros también; juntar platita, ahorrar. Así que, ¿cuándo? No lo sé, pero la intención existe. Al menos, quiero seguir haciendo música por el tiempo que pueda, de la manera que pueda. Pero sí, vendrá un próximo material de Sombra. A la vuelta de este viaje en México nos vamos a poner a planificar.

¿Qué significa la música para Jani Dueñas?
Para mí, la música tiene harto que ver con mi ser adolescente, con mi ser niña, porque precisamente la empecé a hacer en una edad avanzada de mi vida. Nunca estudié o fui a la academia y, por lo tanto, nunca he tenido esa relación con la música en la que lo hago por ganar dinero, competir o ser mejor que alguien. Sí me pasó con la actuación y con el tema de ser locutora. Yo soy ambiciosa; sé lo que valgo, estoy en el top de mi línea, digamos, de trabajo.
La música me permite volver a ser esa adolescente dark que está en el patio de la escuela, sufriendo por amor, que vuelve a casa, escribe en su diario y escucha a The Cure o Cocteau Twins. Puede ser como una imagen medio cliché, pero te juro que es así. También, me gusta volver a conectar con esa niña dramática que lo pasaba mal. Es una manera de encontrarme con ella, abrazarla y decirle que todo va a estar bien. Es una cosa muy interna.
Además, me ofrece un desafío profesional que, en aras del capitalismo, es más sensible. Es un desafío que implica autoconocimiento, vulnerabilidad, seguridad y, como te decía, ser líder de un proyecto en el que se es autora, música, cantante, productora, mánager, directora de arte y, a la par, técnica, asistente de camerino, catering. Es, realmente, ser un pulpo. Voy a ser honesta, no es fácil.
Nos vamos en una semana más y estoy vuelta loca con todas las cosas que me falta hacer. Tengo mucho terror y nervios de que algo salga mal. Es lógico, pero, por otro lado, sé que todo va a estar bien y que lo vamos a pasar increíble en México. Solo quiero estar arriba del escenario, donde sé que es el mejor lugar de mi vida. Toda esa otra parte de logística, organización y producción la uso, pero prefiero mi cerebro de artista, estoy siempre ahí, peleando una cosa con la otra. Estos shows te invitan a entrar y perderte en un universo sonoro.
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